Hay una imagen que me persigue cada vez que pienso en este tema.
Son las nueve de la noche en un barrio de Santo Domingo. Un niño está sentado en el suelo del pasillo, cerca de la puerta, con un cuaderno abierto en las rodillas. No está en su cuarto porque su cuarto está a oscuras. Está en el pasillo porque ahí llega, apenas, la luz del farol de la calle. Está estudiando para un examen. Mañana tiene que entregar una tarea que no pudo terminar porque la luz se fue a las seis, como casi todos los días.
A menos de diez kilómetros de ahí, en Piantini o en Casa de Campo, hay gente cenando en restaurantes que cuestan más que el salario semanal de ese niño’s padre.
Ese es el país del que queremos hablar hoy.
El milagro económico que no le llegó a todo el mundo
La República Dominicana lleva más de dos décadas siendo, en papel, una de las economías más dinámicas de América Latina. La CEPAL confirmó en 2025 que el país sostuvo un crecimiento promedio del 5% durante la última década —más del doble del promedio regional. El PIB creció. El turismo creció. Las zonas francas crecieron. Las remesas crecieron.
Y sin embargo.
Según los datos oficiales más recientes del Ministerio de Economía, la pobreza monetaria en 2025 se situó en el 17.3% —el nivel más bajo en diez años. Eso es una buena noticia. Significa que decenas de miles de familias cruzaron la línea de pobreza en los últimos años.
Pero detenerse ahí sería contar solo la mitad de la historia.
Porque el 17.3% representa a casi dos millones de personas que todavía viven en condiciones de pobreza en un país que, según los titulares, no para de crecer. Y en las zonas rurales, esa cifra sube: en 2025, la pobreza rural se situó en 21.6%, casi cinco puntos por encima de la urbana. El campo sigue siendo, en muchos sentidos, otro país dentro del mismo país.
La trampa de la escalera que no llega al segundo piso
¿Por qué la pobreza persiste en medio del crecimiento? Hay muchas respuestas, pero hay una que aparece una y otra vez en los datos: la educación.
No porque los dominicanos no valoren estudiar —todo lo contrario. Sino porque el sistema educativo, en demasiados casos, le pone obstáculos a quienes más lo necesitan.
UNICEF reportó que el 60% de los dominicanos entre 18 y 40 años no había completado la escuela durante el período 2014-2015. El 9.9% de los adolescentes de 15 a 17 años no asistía a ningún centro educativo. Y de los que sí asistían, el 24.1% cursaba con dos o más años de retraso respecto a su edad —lo que en la práctica casi garantiza el abandono escolar.
Los números de aprendizaje son igualmente preocupantes: en la Evaluación Nacional Diagnóstica de 2017, solo el 12% de los estudiantes de tercer grado alcanzó resultados satisfactorios en lengua española. En matemáticas, el 27%.
Estos no son datos sobre falta de esfuerzo. Son datos sobre falta de recursos, de infraestructura, de estabilidad. Son datos sobre familias donde los hijos tienen que trabajar desde los 13 años para ayudar con la renta. Sobre escuelas en las que se suspenden clases cuando se va la luz —que se va con frecuencia. Sobre una carrera de obstáculos en la que el punto de partida ya determina, en gran medida, a dónde puedes llegar.
Un estudio del Banco Mundial sobre empleo en la República Dominicana lo dice de forma casi cruel en su claridad: entre los dominicanos con educación universitaria, el 73% logra insertarse en el mercado laboral formal. Entre los que no tienen educación, ese porcentaje cae al 12%.
Doce por ciento.
La educación no es solo una herramienta de desarrollo personal. Es, literalmente, el boleto de entrada a una vida económicamente estable. Y ese boleto sigue siendo mucho más caro para unos que para otros.
El impuesto invisible que pagan los más pobres
Hay algo que los economistas llaman el "costo de la pobreza" —la idea de que ser pobre, paradójicamente, sale caro.
En la República Dominicana, uno de los ejemplos más concretos es la electricidad.
El sistema eléctrico dominicano lleva décadas siendo uno de los grandes dramas nacionales. En teoría, en 2024 el 99.6% de los hogares tenía acceso a la red eléctrica. Pero "acceso" y "servicio confiable" son dos cosas muy distintas. Según datos de la Oficina Nacional de Estadística, en 2024 el 57.72% de los hogares recibía las 24 horas del día —lo que implica que el 42% restante convivía con apagones regulares.
Y los apagones no afectan a todos por igual.
En los barrios de mayor poder adquisitivo, un inversor o una planta eléctrica resuelven el problema. En los barrios populares, no hay planta. No hay inversor. Hay velas, hay linternas, y hay niños estudiando en el pasillo cerca del farol de la calle.
Cuando hay un enfermo en casa, la familia no puede perder el turno en el hospital porque tampoco puede perder el día de trabajo. Y cuando pierden el día de trabajo, no hay comida. Y cuando no hay comida, el niño va a la escuela con hambre, y cuando va con hambre, no puede concentrarse, y cuando no puede concentrarse, se atrasa, y cuando se atrasa, abandona.
El ciclo se cierra solo.
Los números que no aparecen en los boletines de prensa
El Gobierno tiene razón en celebrar la reducción de la pobreza monetaria. Es un logro real, respaldado por datos. Pero hay analistas dominicanos que señalan —con razón— que los indicadores monetarios no capturan todo.
El periódico Diario Libre lo planteó con franqueza: "Es probable que haya menos pobres, pero solo en apariencia." La lógica es esta: si el ingreso nominal sube pero los servicios básicos —salud, electricidad, agua, educación de calidad— siguen siendo deficientes o costosos, el poder adquisitivo real no mejora tanto como sugieren los números. El Estado sube los salarios mínimos pero no repara las tuberías, no estabiliza la electricidad, no garantiza que el médico del centro de salud esté ahí cuando lo necesitas.
A eso se suma que más del 50% de la economía dominicana opera en la informalidad. Eso significa que millones de trabajadores no tienen seguro médico, no tienen AFP, no tienen ninguna red de protección cuando se enferma un hijo o se daña la motocicleta con la que trabajan. Están un contratiempo alejados de caer por debajo de la línea de pobreza.
El Programa Mundial de Alimentos estima que la inseguridad alimentaria afecta al 14% de la población dominicana, concentrada en las zonas rurales y en los hogares encabezados por mujeres —que son el 63% de los hogares de bajos ingresos.

¿Y entonces qué?
No quiero terminar esto con un tono de desesperanza, porque no es lo que veo cuando miro la realidad dominicana de frente.
Lo que veo es un país con una energía extraordinaria. Una capacidad de resiliencia que a veces parece sobrehumana. Familias que hacen malabares con lo que tienen y aun así sacan hijos adelante, montan negocios, se reinventan. Una generación joven que está más conectada, más informada, más exigente que ninguna antes.
Pero la resiliencia no puede ser la única estrategia. No le podemos pedir a la gente que "se levante sola" cuando las condiciones estructurales siguen poniendo piedras en el camino. La resiliencia funciona cuando hay un sistema que la apoya, no cuando hay uno que la agota.
La República Dominicana tiene los recursos, el dinamismo económico y —cada vez más— la voluntad política para cerrar esas brechas. UNICEF trabaja en programas de inclusión educativa. El Estado ha aumentado la inversión en educación y en transferencias sociales. Los indicadores se mueven en la dirección correcta.
Pero los indicadores no les dicen nada al niño del pasillo, estudiando bajo el farol.
Para él, lo que importa es si mañana habrá luz, si el maestro va a estar en el aula, y si al terminar la secundaria va a haber una puerta abierta al otro lado.
Eso es lo que le debemos como país. No caridad. No lástima. Simplemente, una oportunidad real.









