A los dominicanos nos encanta una fiesta, y si viene con luces, drones y la bandera en alto, mejor. Este 24 de julio de 2026, el Estadio Olímpico Félix Sánchez se llenó hasta el tope —24,500 personas, dicen los números oficiales— para inaugurar la edición 25 de los Juegos Centroamericanos y del Caribe. No son las Olimpíadas de verdad, no nos engañemos, pero son el evento multidisciplinario más viejo del mundo después de las de Grecia. Y este año cumplen 100 años.
La pregunta que cualquiera se hace desde un colmado en Villa Mella hasta una oficina en Piantini es sencilla: ¿de verdad necesitábamos meterle más de 9,000 millones de pesos a esto?
Para entender cómo terminamos metidos en este lío por tercera vez en la historia (después de Santo Domingo 74 y Santiago 86), hay que dar un viaje hacia atrás.
Un invento que nació de la frustración
Todo esto empezó en 1924. En las Olimpíadas de París, a los atletas mexicanos les fue como a perro en misa. Venían saliendo de una revolución armada y sencillamente no tenían el nivel para medirse con los gigantes europeos. Dos dirigentes aztecas, Alfredo Cuéllar y Enrique Aguirre, dijeron: “Bueno, si no podemos con los grandes, inventemos un patio propio donde practicar entre vecinos”.
Así nacieron estos juegos en 1926. Se invitó a nueve países, incluida la República Dominicana, aunque al final solo llegaron tres: México, Cuba y Guatemala. Éramos los “chiquitos” buscando un espacio en un mundo donde el Barón de Coubertin vendía la idea utópica de que el deporte evitaba guerras.
Con los años, el asunto creció. Creció tanto que en 1951 los gringos y los sudamericanos dijeron "nosotros también queremos" y crearon los Juegos Panamericanos. Ahí nuestra competencia regional quedó relegada a un escalón intermedio: el filtro donde nuestros atletas van a fajarse para ver si consiguen un boleto a las verdaderas Olimpíadas.
La travesía dominicana: De la dictadura al milagro del 74
Aquí el deporte organizado tardó en despegar. Trujillato mediante, el régimen usó el deporte como vitrina política, armando torneos a su nombre y los Juegos Interantillanos del 44. A los Centroamericanos fuimos a debutar tarde, en Barranquilla 1946, con una delegación raquítica de diez personas.
El salto de fe de este país ocurrió en 1970. Juan Ulises Garcia Saleta —el eterno Wiche— se paró en una asamblea en Panamá y pidió la sede para Santo Domingo. ¿El detalle? Aquí no había absolutamente nada construido. Wiche consiguió la sede a pura parla y el gobierno no tuvo de otra que meter mano: 20 millones de pesos de los de antes y 722,000 metros cuadrados dieron vida al Centro Olímpico Juan Pablo Duarte. Joaquín Balaguer inauguró esos juegos en el 74 en lo que muchos llamaron un "bautismo de fuego".
El Centenario en casa: ¿Legado o dispendio?
Pasaron 40 años desde la última vez que fuimos sede en Santiago 86. En 2022 nos dieron la sede del Centenario por unanimidad, y ahí comenzó la carrera contra el reloj y contra el presupuesto.
El gobierno desembolsó unos 9,000 millones de pesos. La narrativa oficial vende que "no se construyó desde cero", sino que se remozó el viejo Centro Olímpico, el velódromo, las piscinas y se armó un espacio urbano en el Malecón. Súmele a eso casi 900 millones de pesos solo para preparar a la delegación dominicana de 720 atletas.
Pero como todo en este país, el barniz de la ceremonia oculta los remiendos:
- Carrera contra el tiempo: Hubo federaciones quejándose hasta el último minuto por el retraso en las obras.
- Pleitos de patio: El Comité Olímpico Dominicano pasó años envuelto en litigios internos que se resolvieron literal a días de encender la llama.
- Skepticismo popular: Las encuestas no mienten. Mientras un 50% de la gente cree que esto dejará un legado, casi un 20% dice sin rodeos que esto fue un gasto innecesario de dinero público.
La noche del show y la nostalgia
A pesar del escepticismo, el dominicano sabe montar un show cuando quiere. La inauguración tuvo de todo: 1,100 drones, 500 láseres, Marileidy Paulino y Cristian Pinales portando la bandera, y hasta eSports en el programa (sí, ahora hay medallas por jugar Street Fighter y League of Legends). Y la mascota, Colí, un homenaje al barrancolí de nuestra isla.
El momento que le apretó el pecho a más de uno fue la entrada de la antorcha. Después de recorrer las 31 provincias, la llama llegó a las manos de Félix Sánchez. Ver al doble campeón olímpico correr 600 metros en el estadio que lleva su propio nombre y quebrarse en llanto al encender el pebetero le pone la piel de gallina a cualquiera.
¿En qué quedamos?
Estos Juegos Centroamericanos y del Caribe no son las Olimpíadas. Tienen sus contradicciones, sus retrasos y esa sombra inevitable de dudas sobre cómo se gastó cada peso de los contribuyentes.
Pero también son el recordatorio de que hace 100 años, un grupo de países sin peso en el mapa deportivo internacional decidió armar su propia plataforma. Y hoy, por tercera vez, República Dominicana demuestra que tiene la capacidad de sostener la casa cuando la región viene de visita. El pebetero ya está encendido; ahora nos toca ver si el rendimiento de los nuestros y el mantenimiento de esas obras justifican la factura.





