1939, Hitler, la guerra y el mundo de Rubirosa
El año 1939 fue el año de Adolf Hitler.
Todas sus ideas, planes y amenazas empezaban a concretarse.
Los nazis ya controlaban Alemania, y el resto del mundo los observaba con miedo pero también con indecisión.
Hitler se burló cuando le dieron el informe de la Conferencia de Évian.
Allí, varios países europeos habían hablado de los judíos y de la persecución que sufrían.
Pero, al final, nadie quería recibirlos.
Hubo un detalle curioso:
un pequeño país en el Caribe, la República Dominicana, sí ofrecía refugio.
Sin embargo, eso fue una gota de agua en el mar.
El fracaso de Évian le dijo a Hitler algo que él ya se imaginaba:
si nadie los quería, él podía actuar con su “solución final”.
Ese mismo año, dio el siguiente paso:
reclamar las tierras perdidas de la Alemania anterior y construir el Tercer Reich, el “Tercer Ray”.
El mundo se preparó para la guerra.
Y en medio de todo eso, estaba Rubirosa, viviendo, seduciendo y jugando a la diplomacia europea.
María Martínez Alba, Trujillo y el viaje a París
Más o menos en ese momento, María Martínez Alba, la tercera esposa de Trujillo, era una mujer inteligente, autodidacta, culta y lectora.
Era escritora, filósofa y amaba la ópera.
Su favorita era Aida, obra de Verdi, así que llamó a sus hijos con los nombres de los personajes: Ramfis y Radamés.
Años después, Ramfis nombró a su hija Aída en memoria de su madre.
En esta época, María Martínez Alba esperaba a su hija Angelita.
Trujillo, siempre paranoico, no quería que ella diera a luz en la República.
Entonces decidió enviarla a Europa y pidió a Rubirosa que se encargara de ella.
Rubirosa, por miedo a Trujillo, la cuidó como si fuera reina.
Ella quedó encantada con él y le escribió cartas de elogio a su esposo.
En una de esas cartas, incluso le dijo a Flor de Oro, la hija de Trujillo, que se había equivocado al dejar a un hombre tan bueno como Rubirosa.
Rubirosa también se encargó del hijo de María, Ramfis, de unos 10 años.
Entre los dos surgió una amistad que duraría años.
Cuando Trujillo llegó a Francia acompañado de María, no fue como un suegro resentido.
Fue casi como un amigo de fiesta, algo que dejó a Rubirosa realmente confundido.
Solo meses antes, Trujillo parecía haber ordenado enviar a París unos hombres para matarlo.
Ahora, lo trataba como su mejor amigo.
Juntos, empezaron un viaje por Francia a la francesa:
parques, hoteles de lujo, clubes y, claro, mujeres.
Rubirosa le enseñó a Trujillo París a su estilo:
desde la Torre Eiffel hasta los bares nocturnos.
Le consiguió acompañantes.
Trujillo quería ver si los rumores de la vida desenfrenada de Rubirosa eran reales.
Y Rubirosa no lo decepcionó.
París convirtió a Trujillo en un hombre alegre, casi despreocupado.
Los problemas de la República Dominicana quedaron en segundo plano.
La masacre del Perejil y el refugio dominicano
Antes de viajar a Europa, Trujillo había sufrido una de sus crisis más grandes:
el escándalo internacional por la masacre del Perejil de 1937.
Eso lo obligó a intentar rehabilitar su imagen.
Entonces empezó a presentarse como un hombre generoso.
La República Dominicana se convirtió en refugio para refugiados políticos y exiliados.
Entre ellos, llegaron víctimas de la guerra civil de España, como Jesús de Galíndez, y judíos alemanes que escapaban de la persecución.
Además, Trujillo organizó elecciones fingidas, con un títere llamado Balaguer, para cubrir la fachada de normalidad.
Así ganó tiempo para irse de viaje a Estados Unidos y después a Francia.
Su yate personal, el Ramfis, fue enviado a Biarritz, en el sur de Francia.
Ese era uno de los lugares favoritos de Rubirosa, que ya planeaba llevar a Trujillo a Cannes y luego a Egipto.
Pero en agosto de 1939, todo cambió.
Un día, le dieron a Trujillo un periódico con una noticia impactante:
Hitler y Stalin habían firmado un pacto de no agresión.
En segundos, Trujillo cambió de humor.
Se puso serio, nervioso y ordenó regresar de inmediato a la República.
Sabía lo que venía.
Una semana después de ese día,
la Segunda Guerra Mundial estalló oficialmente.
La Segunda Guerra Mundial y la Europa de Rubirosa
El 1 de septiembre de 1939, Alemania invadió Polonia.
Tropas de infantería y tanques cruzaron las fronteras.
Aviones nazis bombardearon ciudades y fuerzas polacas con una velocidad que nunca se había visto.
Esa táctica se llamó Blitzkrieg: “guerra de relámpago”.
Pero eso fue solo el comienzo.
Dos semanas más tarde, la Unión Soviética también invadió Polonia, por el otro lado.
Italia, bajo Mussolini, ya avanzaba en Etiopía.
Japón, bajo el emperador Hirohito, seguía invadiendo China.
El mundo se dividió en bandos claros:
- El Eje: Alemania, Italia, Japón.
- Los Aliados: Inglaterra, Francia, y más tarde Estados Unidos y Unión Soviética.
- Países neutrales: Suiza, Estados Unidos (al principio) y la República Dominicana, entre otros.
En París, muchos, entre ellos Rubirosa, no tomaban todo eso muy en serio.
Él mismo dijo que veía la guerra como algo lejano, casi un juego.
La idea era:
“La guerra le pasa a otros. Aquí no va a llegar”.
Su vida en París volvió a ser como antes.
Solo que ahora mejor.
Trujillo lo había nombrado secretario en la embajada dominicana otra vez.
Era soltero, tenía dinero y podía pasar el tiempo en sus clubes favoritos, con amigos y amigas.
Entre ellos, estaba la Mamá, con quien había tenido una relación pasional.
También iba al cine a ver el cine francés nuevo.
Entre las estrellas de aquellos carteles destacaba Danielle Darrieux, anunciada como “la mujer más bella del mundo”.
Rubirosa también encontró otra forma de ganar dinero:
la venta de visas dominicanas.
Como Trujillo había abierto las puertas a judíos y republicanos españoles, muchos pagaban dinero para obtener esa visa.
Rubirosa supo aprovechar esa oportunidad.
No era el único que hacía eso, pero sí uno de los que más rápido supo convertir la política de refugio en negocio.
La caída de Francia y la huida de París
En junio de 1940, las fuerzas alemanas ya estaban frente a París.
Desde el este se oían los cañones.
En la ciudad se desató un éxodo masivo.
Millones de parisinos salieron de la ciudad para buscar refugio en el sur de Francia.
Rubirosa y la embajada dominicana subieron cuanto pudieron a sus autos y se fueron también.
Pero ningún sitio en Francia quedó a salvo.
Las líneas defensivas que los franceses habían construido en la Primera Guerra, el Muro de Hierro, se derrumbó.
Los alemanes lo cruzaron a velocidad de relámpago.
El país quedó dividido en dos:
- La Francia ocupada (con capital en París).
- La Francia de Vichy (con capital en Vichy).
Para los diplomáticos, la situación era complicada.
La República Dominicana era neutral.
¿Dónde poner la embajada?
Trujillo envió órdenes rápidamente:
la embajada debía reubicarse en Vichy, para mostrar distancia de los nazis.
Pero Vichy estaba lejos de París.
Y Rubirosa no quería perder ese mundo de clubes y espectáculos.
Así que empezó a ir a París siempre que podía, usando el auto de la Mamá, que ya había dejado Francia para esperar el fin de la guerra en Puerto Rico.
La vida siguió.
Los parisinos se adaptaron a la ocupación.
Los alemanes respetaban la cultura francesa.
Hitler incluso visitó París y elogió la arquitectura, la pintura y el cine.
Hubo un intercambio de cineastas entre Alemania y Francia.
Para Rubirosa, eso significó que el cine, las fiestas y las mujeres seguían como antes.
Solo que ahora con uniformes nazis en cada esquina y un toque de queda que todos debían cumplir.
Danielle Darrieux y el “enamoramiento de casualidad”
La suerte de Rubirosa venía de estar siempre en el lugar correcto en el momento equivocado… o adecuado.
Su relación con Danielle Darrieux es un ejemplo perfecto.
Algunos dicen que Rubirosa era tan mujeriego que lo había planeado todo.
Pero, si se ve con calma, casi todo fue puro azar.
Se encontraron en una fiesta.
Rubirosa no fue invitado por ella, ni ella fue buscando a un diplomático dominicano.
Fue una de las muchas personas presentes.
Esa misma noche, le pidieron que la llevara a su casa.
Ella vivía casi al lado de la casa de Rubirosa.
Luego, un amigo los invitó a una cena donde Danielle nuevamente estaba presente.
Y, por si fuera poco, ella en ese momento estaba en proceso de divorcio.
Era, en términos de la época, soltera y disponible.
Con solo 23 años, Danielle Darrieux era una de las estrellas de cine más grandes de Europa.
Rubirosa la había visto en la pantalla, y ahora la tenía de verdad frente a él.
Ella era justo el tipo de mujer que él adoraba:
pequeña, francesa, elegante, con voz dulce, inteligente, divertida y aventurera.
“La mujer más bella del mundo”, según los carteles.
Para Rubirosa, era la mujer más bella que jamás había visto.
En las semanas siguientes, se vieron a menudo.
Rubirosa la visitaba, le escribía poesías de amor, le mandaba flores y la trataba como una dama.
Ella se enamoró primero.
Le dijeron que era mujeriego.
Pero ella estaba segura de que la amaba a ella, no a su fama, ni a su dinero.
Rubirosa también había amado a Flor de Oro.
Y había tenido una relación seria con la Mamá.
Pero Danielle fue distinta.
Ella no tenía dinero; él sí.
Y él estaba dispuesto a gastarlo por ella.
Sus amigos dicen que, de todas las mujeres de su vida, Danielle fue su amor verdadero.
Pronto empezaron a hablar de matrimonio.
Pero cuando Rubirosa tocaba el amor de verdad, Trujillo siempre aparecía como sombra.
La guerra, el “peligro nazi” y la prisión de Rubirosa
El 7 de diciembre de 1941, Japón atacó Pearl Harbor.
Estados Unidos le declaró la guerra al Eje.
La República Dominicana lo imitó inmediatamente y le declaró la guerra a Alemania.
Trujillo, que antes había admirado a Hitler, ahora dio un discurso encendido contra los nazis.
Cuando el rumor llegó a Hitler, se dice que pidió un mapa del Caribe, tapó la República Dominicana con el dedo y dijo:
“So ein Bescht” (Algo así como “Ya veremos”).
La leyenda puede ser ficticia, pero la realidad no:
Esa declaración de guerra ponía a Rubirosa en el lado enemigo del Tercer Reich.
Un día, Rubirosa fue citado a la embajada nazi en París.
Le dijeron que era sospechoso de hablar mal de Hitler por orden de Trujillo.
Rubirosa intentó explicar que solo estaba en París por amor a una mujer.
El oficial, sorprendentemente, pareció respetarlo.
Le quitaron el pasaporte diplomático, lo obligaron a quedarse en la ciudad y lo pusieron bajo vigilancia.
Pero Rubirosa no podía esconder sus sentimientos por mucho tiempo.
Algunos nazis lo veían como un extranjero de piel oscura caminando con la mujer más bella del mundo.
Eso les molestaba.
En un restaurant, un grupo de nazis se enfrentó a él.
Rubirosa no soportaba a los nazis.
El enfrentamiento subió de tono.
Al día siguiente, fue arrestado bajo sospecha de ser un espía antialemán.
Por suerte, su pasaporte diplomático lo salvó de los campos de concentración.
En vez de eso, lo enviaron a una prisión diplomática en Alemania.
Ese lugar resultó ser un hotel de lujo en Bad Nauheim.
Allí estaban cerca de 115 diplomáticos estadounidenses y otros de países neutrales.
La vida allí era dura en el sentido de la libertad, pero cómoda en lo material.
Podían bailar, jugar, estudiar e incluso hacer bromas a sus guardianes.
Sin embargo, Rubirosa estaba frustrado.
No le interesaban las mujeres de ahí.
Solo quería estar con Danielle.
Y Danielle quería estar con él.
Danielle en Berlín y los 10 días de felicidad
Desde que Rubirosa fue arrestado, Danielle empezó a buscar la forma de llegar hasta él.
La oportunidad se le presentó cuando la invitaron a un intercambio de cineastas entre Francia y Alemania.
La llevaron junto con otras estrellas de cine a visitar los estudios de Berlín.
Allí pudo hablar con la esposa de Goebbels, el ministro de Propaganda nazi.
Contó su historia de amor y de corazón roto.
La esposa de Goebbels habló con su marido.
No está claro si él recordaba a Rubirosa, pero sí le dio permiso a Danielle para visitarlo en Bad Nauheim.
Cuando Rubirosa vio entrar a Danielle, creyó que soñaba.
Ella se quedó con él 10 días.
Fueron 10 días de felicidad pura.
Ella lo animó, le dio fuerzas y volvió a encender su deseo de vivir libre.
Tres meses después, Hitler decidió devolver a los diplomáticos enemigos a la Europa occidental.
Rubirosa y otros fueron trasladados a Portugal.
Desde allí, Rubirosa logró regresar a Vichy, donde Danielle lo esperaba…
para casarse.
La boda de Danielle y Ruby: el nacimiento de la fama internacional
Ya no había internet, pero sí paparazzi y prensa de farándula.
La boda de Danielle Darrieux y Rubirosa fue la primera vez que el nombre de Rubirosa apareció en la prensa de entretenimiento.
Los periodistas no sabían quién era ese dominicano misterioso.
Algunos lo presentaron como un diplomático de El Salvador.
Pero, poco a poco, se empezó a hablar de Porfirio Rubirosa, el hombre que había conquistado a la estrella más famosa de Europa.
Él tenía 33 años.
Ella, 25.
Donde quiera que iban, Danielle atraía a fans y fotógrafos.
Ellos no dejaban de notar a su marido misterioso, con acento dominicano y estilo de galán.
Su fama internacional nació allí.
Pero la guerra no se detuvo.
Los siguientes dos años fueron una mezcla de momentos de paz y escapadas repentinas.
Porque ahora, en todas partes, tenían enemigos:
- En Francia ocupada, la resistencia sospechaba de Danielle por haber visitado Berlín.
La consideraban una traidora. - En el bando nazi, Rubirosa seguía siendo visto como un espía de un país enemigo.
Vivieron un año en Vichy, donde Rubirosa trabajaba en la embajada.
Pero cuando el ejército alemán invadió esa zona, tuvieron que huir.
Se refugiaron en un chalé en Mégeve, un pequeño pueblo de montaña en los Alpes.
Allí tenían amigos, podían esquiar y vivir unos meses de paz.
Hasta que un oficial nazi fue asesinado en la zona.
Al parecer, Rubirosa había apoyado a los asesinos.
La noticia corrió.
Tuieron que escapar con la ropa que llevaban puesta.
No había tiempo para nada más.
Luego se refugiaron en una pequeña granja de la familia de Danielle, en las afueras de París.
Sin dinero y sin suministros, Rubirosa compró una vaca, cerdos, ovejas y pollos.
Durante meses, el diplomático dominicano y la estrella de cine vivieron como campesinos.
Rubirosa ordeñaba la vaca.
Danielle cuidaba los pollos y ayudaba en la cocina.
La huida final y el regreso a un París libre
Pero tampoco en la granja estaban a salvo.
A veces la resistencia francesa rondaba por allí.
Otras veces, eran los nazis.
No sabían muy bien de quién huir.
La fama, en tiempo de guerra, se volvió una maldición.
En varias ocasiones, tuvieron que escapar en bicicleta, dormir en granjas, casas de amigos y pequeñas posadas.
En una de esas posadas, alguien reconoció a Danielle.
Era un soldado estadounidense, con acento que ella no conocía bien.
Al hablar con él, supieron algo clave:
la guerra estaba por terminar.
Las fuerzas aliadas avanzaban.
Los rusos se acercaban a Berlín.
Francia estaba casi libre.
Cuando regresaron a París liberado de los nazis, la ciudad intentaba volver a la normalidad.
No había más toques de queda en la vieja forma.
No más uniformes verdes y negros en cada esquina.
Las calles volvían a llenarse de risas, música y gente.
Rubirosa y Danielle regresaban a la vida que querían:
juntos, libres y famosos.
Pero la guerra les dejó una herida más.
Un día, regresaban de una fiesta en auto, con un matrimonio amigo.
La resistencia los confundió con alemanes fugitivos.
Abrieron fuego.
Una bala le dio al esposo del amigo.
Danielle, en el asiento de atrás, empezó a sangrar mucho.
Rubirosa manejó con pánico hasta la clínica más cercana, siguiendo calles que recordaba de su infancia.
Pero mientras corría, sintió que algo no estaba bien con él mismo.
No solo el miedo.
No solo el trauma de la guerra.
Algo más profundo se había roto en su interior.









