Cada invierno se repite el mismo ritual aburrido. Millones de tipos se sientan frente a una pantalla a ver fotos retocadas en alta definición, buscando en Google la respuesta a una pregunta estúpida: ¿Cuál es la mejor isla del Caribe? En esa ruleta de las clasificaciones de internet, la República Dominicana siempre gana en volumen de turistas. La gente ve los números y aplaude. Lo que no te cuentan esos ránkings de YouTube es que, detrás del turoperador y las palmeras perfectamente podadas, el modelo turístico del país está prendido con alfileres.
Estamos obsesionados con las listas de "los 10 mejores destinos". Clasificamos el paraíso según el tamaño del buffet, la blancura de la arena y si te roban o no al salir del aeropuerto. Pero esa métrica de turista perezoso no entiende nada. Cuando un extranjero se queja en un foro de que los vendedores en la playa son insoportables o de que la luz se fue en el pueblo de al lado, no está viendo un defecto de la cultura local. Está viendo el resultado exacto de un sistema económico diseñado para sacar los cuartos de aquí y llevárselos fuera, en lugar de construir un país.
El Caribe no se convirtió en un parque temático por accidente. Durante siglos, esto funcionó como una plantación colonial: sacar azúcar, tabaco o café, y enviar la riqueza a Europa. Cuando ese esquema se cayó en el siglo XX, las nuevas naciones se encontraron con playas hermosas pero con los bolsillos vacíos y el tendido eléctrico en el suelo. El turismo fue la solución rápida, el nuevo monocultivo para captar dólares a la carrera.
El problema es que mudamos los muebles viejos a la casa nueva. Cambiamos la caña por los hoteles de cinco estrellas, pero el mapa de la riqueza siguió siendo el mismo: enclaves fortificados de capital extranjero con aire acondicionado central, rodeados de municipios desnutridos que todavía cocinan con carbón y rezan para que no sople un viento fuerte. Cuando una lista califica mal a un destino caribeño por una "experiencia incómoda", lo único que está midiendo es el tamaño de nuestro retraso histórico.
El caso dominicano es casi de laboratorio. En Punta Cana, los desarrolladores internacionales no construyeron hoteles; construyeron repúblicas independientes. Cruzas la garita de seguridad y entras a una simulación perfecta: seguridad privada con escopetas, plantas potabilizadoras de agua propias y generadores del tamaño de un edificio que nunca parpadean.
Pero da tres pasos fuera de la propiedad. La realidad de Higüey o de Verón es otra: una red eléctrica nacional que parece un árbol de Navidad en mal estado y un sistema de basura que consiste en ver dónde se acumula menos plástico.
Hace unos años, cuando salieron aquellos titulares escandalosos sobre turistas intoxicados en los complejos todo incluido, los analistas de televisión culparon a la higiene de los empleados locales. Qué estupidez. Rara vez el problema es de la cocina; es de los cables. Si la red nacional sufre un apagón de los suyos y el sistema de emergencia del hotel tarda veinte minutos en arrancar, la cadena de frío de los alimentos se va al demonio en un clima de treinta grados. No es culpa del cocinero; es la infraestructura colapsando desde fuera del muro.
Lo mismo pasa con el tipo que te persigue por la arena intentando venderte una excursión dudosa a la Isla Saona o un collar de larimar falso. No es un delincuente; es un síntoma. Cuando el noventa por ciento del dinero que paga el turista en Madrid o Nueva York se queda en las cuentas bancarias de las multinacionales en España o Estados Unidos, a las comunidades locales solo les quedan las migajas que caen sobre la arena. El país tiene una riqueza brutal, desde el cacao de la cordillera hasta las piedras de la Zona Colonial, pero el modelo de mercado masivo necesita que te quedes dentro del corralito comiendo hamburguesas congeladas.
Para que esto no reviente, hay que dejar de pensar en lo que le conviene a la junta de accionistas extranjera y empezar a pensar en la resiliencia de la gente que vive aquí. Hay que pasar de meter gente en masa a buscar viajeros que dejen el dinero donde se necesita.
Primero, hay que mandar el monopolio de los combustibles fósiles al diablo y meter microrredes solares en los pueblos turísticos. Si la red del municipio es estable, la escuela pública funciona y las neveras del hotel no se apagan. Así de simple.
Segundo, deja de mandar al cuerpo especializado de seguridad a palos contra los vendedores informales en las playas públicas. Construye mercados artesanales de verdad, dales una licencia, regúlalos y ponlos a tributar de forma digna. El turista deja de sentirse acosado y el tipo de la playa deja de depender de si el policía de turno amaneció de buen humor.
Tercero, rompe los carteles de los taxis de los aeropuertos. Esa mafia de tarifas inventadas a mano alzada se desmonta en dos tardes obligando por ley a usar aplicaciones digitales con precios transparentes en las entradas principales del país. Proteges al viajero de la extorsión y le aseguras una tarifa justa al conductor local que no está metido en el sindicato grande.
Y por último, que los impuestos del turismo se queden por ley en el barrio que rodea al hotel. El verdadero lujo no puede respirar dentro de una burbuja rodeada de miseria. Un destino turístico es tan fuerte como el eslabón más débil del vecindario que tiene al lado.
No nos hace falta otro video con música alegre que nos diga si somos mejores que Jamaica o Cancún. Esas listas solo premian al que tiene más dinero para levantar muros más altos mientras castigan a los pueblos que se quedan solos lidiando con el desastre.
El único camino real para la República Dominicana es romper la postal, dejar de vender el espejismo del paraíso intacto y meterle dinero a los tubos de agua y a los cables de luz que usan tanto el extranjero como el que le sirve el trago. La sostenibilidad no es poner pajitas de papel en el bar de la piscina; es lograr que la nación que te hospeda no se caiga a pedazos en el próximo ciclón.
Si vienes aquí a gastar, hazlo con los ojos abiertos. Sal de la maldita propiedad. Come en el restaurante del dominicano que no tiene presupuesto para salir en los anuncios de televisión, contrata al guía local que tiene los dientes gastados de caminar el monte y compra el recuerdo en el mercado del pueblo. El verdadero lujo no es un parque temático temporal con palmeras plásticas; es una comunidad que se sostiene sola. Lo demás es propaganda para el folleto.
El verdadero lujo es una comunidad resiliente, y la verdadera sostenibilidad en los viajes comienza cuando tratamos a nuestros destinos como naciones reales en lugar de parques temáticos temporales.





