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La VERDAD de los TERRORISTAS en la CASA DE TRUJILLO el 27 de Febrero

El 27 de febrero de 1980, un pequeño parque en la ciudad de Bogotá, Colombia, se convirtió en el epicentro de una crisis internacional que..

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Casa de Trujillo Bogota

El 27 de febrero de 1980, un pequeño parque en la ciudad de Bogotá, Colombia, se convirtió en el epicentro de una crisis internacional que empujó a la República Dominicana al centro de un escenario global. Ese día, un grupo de militantes del movimiento M‑19 irrumpió en la residencia de la embajada dominicana, tomando como rehenes al embajador y a más de 50 diplomáticos provenientes de decenas de países. La toma no solo sacudió la vida política de Colombia, sino que convirtió una fecha tradicionalmente asociada a la independencia dominicana en un hito sombrío de la historia colombiana.

La casa de Trujillo en Bogotá: un lugar cargado de pasado

El edificio donde ocurrió este episodio no era un simple recinto diplomático. Antes de ser la sede de la embajada dominicana, la propiedad había sido una mansión de lujo que pertenecía al expresidente colombiano Gustavo Rojas Pinilla, quien, tras su derrocamiento, terminó en el exilio en la República Dominicana. Relatos históricos cuentan que Rojas Pinilla, en dificultades económicas, le pidió al dictador Rafael Trujillo que comprara su residencia en Bogotá. La frase se volvió célebre: “¿Qué clase de dictador es usted?”, le habría respondido Trujillo. La mansión fue adquirida, luego vendida al Estado dominicano y se transformó en la residencia oficial del embajador de la República Dominicana en Colombia.

Con el tiempo, la casa adquirió una aureola de mito: se hablaba de túneles secretos, de habitaciones reforzadas y de una estructura diseñada para resistir ataques. La historia la convirtió en un lugar inquietantemente apto para una toma de rehenes, como si el pasado dictatorial y la diplomacia fría convergieran en una misma arquitectura.

La toma: un día de gala que se convirtió en secuestro

El 27 de febrero de 1980, la embajada dominicana celebraba una recepción diplomática convencional. La celebración de la independencia de la República Dominicana reunió a diplomáticos, funcionarios y periodistas en un ambiente de camaradería y formalidad. Afuera, la Universidad Nacional vivía jornadas de protesta. La ciudad en apariencia normal, pero llena de tensiones políticas, se convirtió en el escenario de un atentado cuidadosamente planeado. Dos hombres vestidos como diplomáticos ingresaron al evento, se detuvieron en medio de la multitud, y uno de ellos sacó un arma y dio la orden de asalto.

En cuestión de minutos, la fiesta se transformó en un caos de gritos, disparos y confusión. La policía respondió desde el exterior, y uno de los atacantes murió en el intercambio de tiros. La casa quedó bajo control del Movimiento 19 de Abril, el M‑19, una guerrilla urbana, mediática y simbólica, entrenada en operaciones de gran impacto. Los 57 rehenes, entre ellos embajadores de Estados Unidos, México, Venezuela, Israel, Egipto, Brasil, Suiza, Costa Rica, Guatemala, El Salvador, Haití y el nuncio apostólico, quedaron atrapados en un edificio que se volvió símbolo de la narrativa de la guerra fría.

M‑19 y la Guerra Fría: la toma como arma política

El M‑19 nació tras las polémicas elecciones de 1970, acusadas de fraude. La guerrilla, a diferencia de otros grupos armados, se especializó en acciones simbólicas: la sustracción de la espada de Simón Bolívar, la ocupación de museos y la toma de sitios diplomáticos. La Guerra Fría facilitaba la diplomacia del secuestro, ya que las embajadas se volvieron blanco de atención global. La República Dominicana, con un precedente de toma de embajada en 1974, era un símbolo reconocido de vulnerabilidad.

La toma de la embajada dominicana en Bogotá no fue un acto de desesperación, sino un mensaje dirigido a Colombia y al mundo. La presencia de diplomáticos de varias naciones hacía imposible un asalto militar directo, garantizando que la diplomacia y la opinión pública se convirtieran en los verdaderos terrenos de batalla.

La “Vía Chiva” y la primicia que se convirtió en un campamento

La atención mediática se concentró en la zona donde vivió la crisis. Periodistas acamparon frente a la embajada, en tiendas de campaña, soportando el frío de la cordillera, viviendo de cafés y conversaciones. La zona quedó bautizada como Vía Chiva, tomando del nombre de la palabra colombiana que designa la primicia periodística (la “chiva”). La prensa, sin embargo, convirtió el lugar en un pequeño campamento informativo, donde reporteros norteamericanos malinterpretaron la palabra y se refirieron al lugar como “Goat City”: la ciudad de los chivos.

La cobertura fue sin precedentes: la historia se narraba en tiempo real, a través de fotografías, declaraciones y entrevistas realizadas con los únicos periodistas que lograron ingresar: un fotógrafo rehén, cuyas fotos aparecieron en la revista Chromos, mostrando la vida cotidiana de los diplomáticos secuestrados. La toma de la embajada se convirtió en un ejemplo de cómo la información podía volverse un arma de negociación.

La diplomacia de la crisis: negociaciones en la camioneta amarilla

Dentro de la casa, la vida de los rehenes se organizó bajo una estricta rutina. La Cruz Roja Internacional llevaba alimentos, y los embajadores, en lugar de caer en la histeria, asumieron funciones de cocina, limpieza y organización. La tensión dentro del edificio no surgió entre los secuestradores y los rehenes, sino entre los propios diplomáticos, que representaban distintas culturas y posturas políticas.

Las negociaciones se desarrollaron en una camioneta amarilla estacionada frente a la embajada. Durante casi dos meses, el gobierno colombiano, el M‑19 y mediadores internacionales se reunieron ahí. La historia menciona a Carmen “Chiqui” Londoño, portavoz guerrillera, y a funcionarios gubernamentales como Camilo Jiménez y el embajador de México, quien se convirtió en puente de diálogo. Las exigencias iniciales incluían la liberación de presos políticos y una alta suma de dinero, pero con el tiempo se ajustaron. La liberación de presos nunca se concretó, pero el dinero sí cambió manos, derivado en gran parte de donaciones privadas, incluyendo dinero de la comunidad judía para liberar al embajador de Israel.

La salida a la Habana y el final de la crisis

Tras 61 días de negociaciones, la crisis llegó a su punto final gracias a una figura externa: Fidel Castro, quien ofreció asilo político en Cuba para los militantes involucrados en la toma. La oferta fue la llave de la salida pacífica: los rehenes serían liberados, y los guerrilleros podrían dejar el país a salvo de la justicia colombiana. El 27 de abril de 1980, la crisis terminó. Diplomáticos salieron de la embajada, incluidos representantes de Venezuela, República Dominicana, Egipto e Israel, mientras que algunos secuestradores partieron en un avión de Cubana de Aviación hacia la Habana. La ciudad de Bogotá recibió la noticia con alivio y contradicción, entre la satisfacción de la paz y la preocupación por el precio de la negociación.

La toma y su legado histórico

La toma de la embajada dominicana en Bogotá se convirtió en un hito de la guerra fría en América Latina. La historia de la operación muestra cómo, en un contexto de conflicto interno y diplomacia global, la violencia y la negociación podrían combinarse en un saldo relativamente pacífico. La operación cumplió el objetivo de la guerrilla: colocar el conflicto colombiano en el foco internacional, exponer represión estatal y generar presión sobre el Estado.

Con el tiempo, muchos de los protagonistas pasarían de las armas a la vida política. Algunos integrantes del M‑19, como Gustavo Petro, terminarían ocupando cargos públicos. La historia de la toma de la embajada dominicana en Bogotá no solo es la de un secuestro de envergadura, sino la de una negociación que salvó vidas, la de una mediación mediática que marcó la forma en que el mundo veía la diplomacia y el conflicto en los tiempos de la Guerra Fría.

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