La pregunta que ha circulado como fuego entre los dominicanos es simple: ¿se privatizó Valle Nuevo? La respuesta, tan clara como profunda, es que no, al menos no en el sentido que mucha gente imagina. Valle Nuevo no se vendió a una corporación, ni se entregó en su totalidad a una empresa privada. Lo que se cambió fue un modelo de gestión: el parque nacional sigue siendo patrimonio público, pero el área de camping nueva, llamada Jardín del Edén, se opera bajo una concesión a una microempresa. Y ahí radica la confusión.
¿Qué es realmente un parque nacional?
Antes de analizar el caso de Valle Nuevo, hay que aclarar la esencia de un parque nacional. No es un “patio” donde todo el mundo puede hacer lo que quiera. Es un área protegida creada por el Estado para conservar recursos naturales, ecosistemas y, en particular en el caso de Valle Nuevo, el agua, que es vital para siete de cada diez dominicanos. La ley que lo respalda, la 202-04 sobre Áreas Protegidas, exige reglas, límites, y un control estricto de uso.
Eso significa que el parque, aunque “de todos”, no es un territorio sin regulación. Es un espacio público con normas de convivencia, protección y responsabilidad colectiva. El pago de 150 pesos para entrar no es un “precio” por un bien privado, sino una cuota mínima de acceso que se destina a la conservación del parque, financiando servicios, personal y mantenimiento. Comparado con parques como Yellowstone, que cobra alrededor de 35 dólares por vehículo, o el Serengueti en África, que supera los 70 dólares, Valle Nuevo es uno de los más baratos del mundo.
¿Qué pasó en las pirámides de Valle Nuevo?
La zona de las pirámides, en Valle Nuevo, fue durante años el paraíso informal del camping dominicano. Grupos pequeños, familias, adolescentes, gente que simplemente quería desconectarse de la ciudad, llegaban, armaban carpas y se quedaban largas tardes. No había cobro, casi no había reglas, y la gente lo entendía como su “jardín de la casa de todos”. Pero el concepto de “libertad” se desbordó.
La afluencia de visitantes creció de manera descontrolada. De unas pocas carpas se pasó a cientos. En fin de semana, hasta 4000 personas podían llenar el área de las pirámides, cuando su capacidad real era de unas 70 personas. Se acumulaban toneladas de basura, se quemaban fogatas sin control, se ensuciaban nacientes de agua, se talaban plantas y se rompían senderos. La contaminación en las fuentes de agua superó los límites permitidos. La zona se volvió insegura: se organizaban discotecas en el bosque, se encendían luces de discoteca, y se aparcaban vehículos por todas partes, dañando la carretera y poniendo en riesgo a los visitantes.
La pandemia, lejos de ser un simple silencio forzado, le dio al parque un respiro. En marzo de 2020, se cerró el área de camping de las pirámides. Los científicos del Ministerio de Medio Ambiente, con apoyo de organismos internacionales, realizaron estudios y confirmaron que el daño era grave. La solución fue inevitable: la zona de las pirámides se clausuró, y el parque entró en una etapa de restauración. Desde entonces, el camping ahí está prohibido.
¿Qué cambió: el modelo de concesión?
La idea original de permitir acampar “libre” en Valle Nuevo quedó insostenible. El parque es demasiado valioso para el agua, y el mal uso de unos pocos castigaba a la mayoría. La solución no podía ser solo cerrar, porque también se necesitaba conservar el derecho de los ciudadanos a acceder y disfrutar. El ministerio, bajo la gestión del ministro Orlando Jorge Mera, buscó un equilibrio.
Primero, se habilitó temporalmente el elipuerto del área militar, donde antes algunos militares y amigos acampaban con permiso. Se implementó un sistema de reservas, con permisos previos, y se controló el número de personas. Fue un remedio, un espacio provisional, pero no una solución definitiva. Porque la infraestructura era mínima, y el lugar seguía siendo frágil.
La verdadera transformación vino con el proyecto Jardín del Edén, bautizado así como un “jardín de oportunidades”. El diseño fue inspirado por el modelo de Costa Rica, donde el Estado construye infraestructuras en parques nacionales y luego las concesiona a microempresas o organizaciones locales. El objetivo: profesionalizar el servicio, aumentar la seguridad y, sobre todo, proteger los recursos naturales.
El proyecto fue impulsado por el ministro Orlando Jorge Mera, quien asumió el cargo en agosto de 2020. Su enfoque fue estricto: Valle Nuevo no podía seguir siendo una zona de sacrificio. Pero Mera nunca vio el Jardín del Edén terminado. En junio de 2022 fue asesinado en su despacho por negarse a autorizar la exportación ilegal de 5.000 toneladas de baterías usadas. Su muerte generó un shock, pero también consolidó el compromiso de la institución con la protección ambiental.
El sucesor de Mera, Miguel Seara Hatton, logró el financiamiento del proyecto a través de un acuerdo con la fundación Propagaz. El Jardín del Edén contempló la construcción de plataformas de camping, senderos, baños, comedores, zonas de fogata controlada, y un sistema de recogida de basura. El 1 de abril de 2026, el nuevo camping abrió sus puertas, y con él nació la primera concesión de este tipo en la historia del país.
¿Qué es una concesión? Y quién es la “empresa privada”
La palabra clave que ha generado confusión es “privatización”. La realidad es más sencilla: el parque no se vendió. El agua, el territorio, las montañas, el ecosistema, siguen siendo propiedad del Estado, es decir, del pueblo dominicano. Lo único que se entregó en propiedad temporal fue la gestión de una infraestructura dentro de ese parque.
La concesión de Valle Nuevo se otorgó a una microempresa llamada Equípate, una firma fundada por Milton Millamán y Maite Espayat, dos emprendedores de la zona de Constanza. No son una multinacional, ni una corporación poderosa. Su historia es la de muchos jóvenes que vieron una oportun aproxima en el camping y decidieron hacerlo su vida. No son hijos de padres ricos; su inversión la financiaron con un préstamo bancario.
La concesión no es un “regalo” ni un acto de favoritismo. El Ministerio de Medio Ambiente lanzó un proceso competitivo, donde se presentaron varias empresas y organizaciones sin fines de lucro. El modelo de Milton y Maite, centrado en la sostenibilidad, el ecoturismo y la educación ambiental, resultó ganador. Ellos accedieron a operar el área de camping, a cambio de un margen de ganancia mínima y de compartir con el Estado una parte de los ingresos generados.
¿Qué ofrece el Jardín del Edén?
El Jardín del Edén no es un simple solar con barbacoas. Es un campamento diseñado para convivir con la naturaleza sin destruirla. Tiene varias características que lo distinguen de la zona de las pirámides:
- Plataformas de madera sobre las que se colocan las carpas, de modo que nadie acampa directamente en el suelo.
- Senderos de grava, delimitados con rocas, para evitar pisar las plantas nativas.
- Áreas de barbecue controladas, comedores techados con capacidad para 60 personas cada uno, y zonas de fogata central.
- Baños modernos, duchas (con agua caliente solar), y lavamanos.
- Sistema de luces solares en los senderos, que iluminan tenuemente la zona sin invadir el cielo nocturno.
- Tarifas reguladas: 600 pesos por persona para acampar con equipo propio, y 4.250 a 8.000 pesos para glamping (tiendas de campaña con equipamiento completo).
Todo esto está pensado para que tanto los novatos como los veteranos disfruten el camping sin dejar huellas destructivas. El modelo busca que el usuario entienda que el parque no es un “monte” para hacer lo que quiera, sino un espacio vivo, frágil, que merece respeto.
¿Por qué la gente se quejó? ¿Falta de comunicación?
El error principal del gobierno no fue el modelo de concesión, sino la falta de comunicación. El cambio se conoció de forma súbita. La gente que había ido por años a las pirámides, sin pagar, sin regulaciones, de pronto se encontró con un camping nuevo, con entrada, con reglas, con reservas. El rumor de “privatización” corrió como pólvora, alimentado por la desconfianza histórica hacia el Estado, por la corrupción, y por la ausencia de explicación oficial.
El ministro de Medio Ambiente, Víctor Bonilla, explicó que el Jardín del Edén es un experimento. El objetivo es probar que una empresa privada puede operar un área de camping mejor que el propio Estado, con el control y la supervisión de la institución. Si el modelo funciona, el Ministerio planea replicarlo en otros parques nacionales, como El Arca del Caribe, Laguna Redonda, o incluso otros sectores de Valle Nuevo. El mensaje subyacente es claro: el ecoturismo, bien gestionado, puede ser un motor de desarrollo y conservación.
¿Qué significa esto para el ciudadano?
La conclusión más importante es que el ciudadano dominicano no perdió su parque. Valle Nuevo sigue siendo de todos, con el mismo territorio, las mismas montañas, el mismo agua. El cambio es que ahora el acceso se hace bajo reglas claras y que el camping se organiza en un espacio diseñado para la sostenibilidad. El 600 pesos que cuesta acampar no es una “privatización”, es un precio de uso responsable de un recurso público. La empresa Equípate no se enriquece explotando el parque, sino operando un servicio que el Estado, por recursos y capacidad, no podía administrar de forma eficiente.
La idea de un “parque nacional” como espacio de convivencia colectiva, con reglas de comportamiento, es algo que el Caribe tarda en asumir. Costa Rica, por ejemplo, ha llevado a la práctica este modelo durante décadas, con éxito. El parque de Monte Verde, el Bosque de las Nubes, o el parque nacional de Manuel Antonio, se gestionan bajo concesiones similares, con el Estado como garante de la conservación.
¿Qué queda por hacer?
El experimento de Valle Nuevo está en marcha. La primer concesión de su tipo en el país será observada con atención. La empresa Equípate debe demostrar que es posible ofrecer un servicio de calidad, rentable, pero que respete la naturaleza. El Estado debe asegurar que las reglas se cumplan, que el ingreso de los usuarios no se convierta en una carga abusiva, y que el parque reciba una parte de esos recursos para su mantenimiento.
Para el ciudadano, el reto es cambiar la mentalidad. Valle Nuevo no es un “campamento” al que se puede llegar sin reglas, sin responsabilidad, sin cuidado. Es un pulmón de agua, un ecosistema único, que el cambio climático ya está afectando. Protegerlo no es un gesto de romanticismo, es una cuestión de supervivencia.
En resumen, el parque no se privatizó, se modernizó. El experimento de Valle Nuevo, con Equípate al frente, es una prueba de que el ecoturismo, bien gestionado, puede ser un aliado de la conservación, no su enemigo. La verdadera privacidad es la que se queda en el silencio de la montaña, no en las cuentas bancarias de unos pocos. Y el verdadero derecho de todos es el de disfrutarlo limpio, respetuoso, y vivo, para las generaciones que vienen.









