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Así se Encargaba TRUJILLO de la BASURA (y Sus Enemigos) | Historia de los Vertederos en RD

La República Dominicana tiene un problema gigante con la basura. Incluso el youtuber más grande del mundo vino y dijo que una de sus playas..

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Trujillo Basura

La República Dominicana tiene un problema gigante con la basura. Incluso el youtuber más grande del mundo vino y dijo que una de sus playas era “una de las más sucias del mundo”. La basura, para muchos, solo se nota cuando es muy evidente: montañas de plástico, ríos llenos de desechos, caminos donde la porquería parece colocada a propósito. Pero el problema es estructural. El país produce mucha basura, y tiene uno de los vertederos más grandes de América Latina. Hoy vamos a hablar de cómo se manejaba la basura en los tiempos de Duarte, cómo Trujillo la usó para silenciar a sus críticos, por qué hoy extranjeros quieren “comprar” nuestra basura, y por qué, a pesar de todo, el problema puede ser una oportunidad si se maneja bien.

Basura desde los taínos hasta Duarte

Siempre ha habido basura. La prueba está en la arqueología: mucha de la información que tenemos sobre los taínos viene de… sus desechos. Lo que ellos botaban nos dice qué comían, cómo vivían y qué objetos usaban. En la época colonial, la basura era distinta. No había plástico, y se reutilizaba casi todo. La vida util de los objetos era más larga. Pero aún así, se generaba mucho residuo, sobre todo de comida y de materiales orgánicos, que olían mal y atraían insectos.

En el campo, la gente solía enterrar sus desechos o formar pequeños vertederos en sus propias tierras. En la ciudad, era más difícil. No había espacio para enterrar la basura, así que a veces la gente la tiraba en cualquier lugar. Sin embargo, no era socialmente aceptable. Se implementaron leyes estrictas y, en 1854, el alcalde de Santo Domingo mandó limpiar los muros de la ciudad y establecer un servicio oficial de recolección de basura, pagado por el ayuntamiento. El reglamento de policía y buen orden prohibía el quemar basura y el tirarla en lugares públicos, con multas de varios francos.

Los “regidores” incluso visitaban casas privadas para revisar si había acumulación de basura. La basura se depositaba en las afueras de los muros y luego se llevaba a vertederos improvisados, algunos junto al Fuerte San Gil. La mayoría terminaba en cañadas, ríos y el mar. La parte triste es que, en muchos sentidos, la lógica no ha cambiado tanto hoy.

Trujillo, la incineradora y los “desaparecidos”

En 1948, el gobierno de Trujillo decidió construir una planta de incineración de basura en Santo Domingo. Era una de las más grandes de Latinoamérica. La ciudad tenía apenas unas 300.000 personas, y la planta solo operaba unas 10 horas al día, porque había poco desperdicio. Sin embargo, el horno dejaba una nube de humo que contaminaba el aire. Las incineradoras eliminan basura, pero no resuelven el problema de fondo, y hoy se sabe que pueden ser tóxicas si no se controlan bien.

Lo que más interesó a la historia no fue la gestión de la basura, sino el uso que Trujillo le dio a la incineradora. Él odiaba las críticas y usaba la represión para silenciarlas. Tenía un aparato de vigilancia, tortura y eliminación de opositores. Entre los métodos para desaparecer pruebas y cuerpos, el quemar fue uno de los favoritos, en crematorios y hasta en los hornos de barcos. Hay historias de Trujillo quemando a sus enemigos a bordo de la nave Angelita. La incineradora de la ciudad se convirtió en un símbolo de terror: los revolucionarios sabían que, si los capturaban, podían terminar en ese horno. Nunca se sabrá cuántos fueron, porque la incineración borraba toda evidencia.

La planta se apagó con el tiempo, en parte por la contaminación, y en parte por la mala reputación que tenía. Sin embargo, la idea de controlar la basura (y la información de la basura) había quedado en la memoria colectiva.

Basagúo y la expansión de la basura

Bajo el gobierno de Joaquín Balaguer, se modernizó la recolección de basura con nuevos camiones, pero los vertederos siguieron siendo la norma. Cada municipio hacía lo que podía. Algunos eran más limpios que otros. En Santo Domingo, por ejemplo, hubo un vertedero frente a las instalaciones de Metal Dominicana, junto al Malecón. La basura se acumulaba, y lo que no se quemaba o el viento se llevaba terminaba en el mar. Ya se veía la figura clásica de los “buzos”: personas que viven de la basura, recogiendo lo que tiene valor para venderlo.

Con el tiempo, la ciudad creció y la basura también. El plástico se volvió omnipresente. En 1992, el Consejo Estatal de la Facilidad facilitó 250 tareas en lo que solía ser el antiguo ingenio de Duquesa. En 1997, el vertedero fue expandido con ayuda de Japón y se convirtió en el vertedero principal de Santo Domingo. La idea original era usar un pequeño terreno, pero el crecimiento urbano disparó el volumen de desechos. Hoy Duquesa abarca más de 130 hectáreas, con basura apilada en cinco o seis pisos de altura. Recibe hasta 5.000 toneladas de basura al día, como si se botaran 5.000 carros cada día. Es el vertedero más grande de América Latina y uno de los más grandes del mundo, con la colilla de la isla de la República Dominicana, que cabría 32 veces en su interior, es un poco más técnico, pero la idea es la misma: el país produce mucha basura para el tamaño de la población.

La basura que mata, envenena y calienta

Duquesa no es solo un montón de basura. Es un ecosistema tóxico. La descomposición de desechos produce gases peligrosos, mezcla de amoníaco, sulfuros y metano, que salen directamente al aire, contribuyendo al calentamiento global y al peligro de incendios. Varios fuegos en Duquesa han sido explosiones de metano que se encienden espontáneamente. La lluvia se mezcla con la basura y genera lixiviado, un líquido venenoso que se filtra en el suelo y llega a las aguas subterráneas. La contaminación afecta a la salud de quienes viven cerca y a la de todos los dominicanos.

Cerrar el vertedero no resuelve de inmediato el problema. La basura ya colocada seguirá descomponiéndose durante décadas. Y Duquesa es solo uno de los cientos de vertederos informales y formales en el país. La situación se repite en toda Latinoamérica, con países que usan vertederos a cielo abierto, porque no hay infraestructura para hacerlo de otra forma.

Buzos, reciclaje y el oro de la basura

En medio del caos, hay vida. En Duquesa, más de 1.000 trabajadores se ganan la vida como “buzos”. Buscan entre los desechos metales, plásticos, vidrio, y otros objetos que venden. Tras el cierre de los ingenios de azúcar en los años 90, muchos trabajadores perdieron empleo y se mudaron a la basura como forma de subsistencia. Es un trabajo brutal: calor, olor, riesgo de enfermedades, pero económicamente puede ser más atractivo que otras opciones.

En un buen mes, un grupo de buzos puede ganar hasta 30.000 pesos, sumando casi 360 millones de pesos al año. El negocio de la basura y el reciclaje es sorprendentemente rentable, y a nivel mundial es un mercado en crecimiento. La basura no es solo basura, sino material de reciclaje. Si se separa bien, se puede vender a fabricantes que lo convierten en nuevos productos, casi una “reencarnación” del plástico.

Existen plantas de reciclaje especializadas, donde el plástico se lava, tritura, calienta y vuelve a triturarse hasta convertirse en escamas. Esas escamas se venden a nivel local e internacional para fabricar nuevos objetos. El mismo proceso funciona para metales, vidrio y aluminio. De hecho, los vertederos contienen más aluminio que muchas minas de bauxita, por lo que a veces es más barato “extraer” metal de la basura que minarlo. La llegada de la inteligencia artificial y la robotización puede hacer que la selección de materiales valiosos en vertederos sea más rápida y segura, con máquinas que nunca se cansan.

Plantas de energía, metano y proyectos extranjeros

Otra forma de aprovechar la basura es convertirla en energía. La incineración, como la de Trujillo, no es la mejor opción, porque puede contaminar el aire. Sin embargo, la tecnología actual permite extraer gas metano de los vertederos, bombearlo a una planta de generación eléctrica y producir electricidad. Es un método más sostenible, porque el gas no se libera a la atmósfera, sino que se usa. También existen métodos de “minería de vertederos”, donde se excavan montañas de basura antiguas, se separan los materiales útiles y se reducen en volumen.

En el Caribe, grandes vertederos como Duquesa se vuelven atractivos para inversores extranjeros. El ex beisbolista Mariano Rivera, por ejemplo, ha mostrado interés en invertir en el vertedero de Samaná, con un proyecto de cientos de millones de dólares. La lógica es sencilla: el vertedero es un recurso económicamente valioso, no solo un problema ambiental. La “fiebre del oro” en vertederos está comenzando, y la República Dominicana, con uno de los más grandes de la región, es un punto clave.

¿Qué falta cambiar? Gestión, educación y cultura

Todo suena bien en la teoría: energía, reciclaje, minería de basura, empresas que invierten. La realidad es más complicada. Falta educación, falta cultura de reciclaje, y falta gestión efectiva. La basura que llega a Duquesa, casi 5.000 toneladas diarias, viene de las casas de los dominicanos. La solución no es solo mejorar la recolección, sino reducir la producción de desechos. La clave está en la regla de las tres R: reducir, reutilizar, reciclar, como en los tiempos de Duarte, cuando la economía era más circular.

En Alemania, por ejemplo, la palabra “wertstoffe” se usa para llamar a los materiales reciclables. La palabra literalmente significa “materiales de valor”. Esa idea ha cambiado la mentalidad hacia la basura, que ya no es “algo repugnante”, sino un recurso valioso. En el país, incluso hay devoluciones de dinero por botellas de plástico, y un dicho dice que quien no valora el depósito, no merece el depósito. Cambiar la forma en que vemos la basura puede cambiar la forma en que la tratamos.

Conclusión: la basura, el pasado y el futuro

Trujillo, Balaguer, el crecimiento urbano, la falta de educación y la cultura del consumo han creado el problema de basura que hoy vivimos, con Duquesa como icono de esa desidia. Sin embargo, el vertedero también guarda una oportunidad. La basura, bien gestionada, puede ser transformada en energía, empleos, y nuevas industrias. La clave está en quererlo: mejores leyes, mejor educación, y una cultura de respeto a la ciudad y al medio ambiente. La basura, al final, no es un problema ajeno; es el reflejo de nuestros hábitos, y de la forma en que miramos el mundo.


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