(Foto: El nuevo skyline proyectado para Santo Domingo Este. Source: SanMar Real Estate)
Si hace diez años le decías a cualquiera en Naco o Piantini que el proyecto inmobiliario más agresivo y costoso del país se iba a levantar en la Avenida España, se te reía en la cara. Para el capitaleño promedio, cruzar el río Ozama siempre fue sinónimo de irse de "maleconeo", meterse en discotecas ruidosas o buscar apartamentos baratos. El dinero real, los rascacielos y el verdadero lujo tenían un monopolio exclusivo del otro lado.
Pero el suelo del Distrito Nacional ya no da para más, el metro cuadrado está impagable y el dinero no tiene sentimientos.
Noval Properties acaba de meter un timonazo brutal. Hablamos de meter entre 1,300 y 1,900 millones de dólares para clavar siete torres de 50 pisos en plena Zona Oriental. Una locura de escala que va a competir frente a frente con los gigantes de la Anacaona. Y cuando limpias el ruido publicitario de las inmobiliarias en las redes, lo que queda abajo son números muy fríos: más de 3,300 apartamentos que vienen completamente amueblados porque el negocio real no es que la gente se mude a vivir ahí con su familia; el plan son las rentas cortas tipo Airbnb para exprimir al turismo y a la diáspora. Además, le metieron un centro de convenciones para 6,000 personas que, si llega a funcionar, le va a quitar un pastel gigantesco a los hoteles del centro que hoy no tienen dónde meter un evento de esa magnitud.
Cuando te prometen una mini-ciudad de casi dos billones de dólares en el Caribe, lo primero que hace cualquiera con dos dedos de frente es dudar si esto se va a quedar en un render bonito de Instagram.
Pero aquí hay un fondo de inversión inglés inyectando unos 900 millones de dólares en capital inicial y la ingeniería estructural se la entregaron a una de las constructoras estatales más grandes de China. El músculo financiero está ahí, pero hay que tener los pies en la tierra con el calendario: nadie construye siete monstruos de 50 pisos de un solo viaje. Esto viene por etapas, de dos en dos torres, y el complejo completo no va a estar listo al cien por ciento hasta bien entrado el periodo entre 2032 y 2035. Es una apuesta a largo plazo, no dinero rápido.
A nivel logístico, la Avenida España tiene una mina de oro que el centro de la ciudad destruyó hace décadas: frente marítimo y conectividad directa. Estás a diez minutos de la Zona Colonial y a veinte del Aeropuerto de Las Américas. Para un extranjero que viene por tres días a hacer negocios o a pasear, la ubicación es perfecta porque se ahorra el tapón infernal de la Kennedy o la 27 de Febrero.
El problema es que la infraestructura pública de la zona se mueve al paso de una tortuga.
El gran peligro de Coralia, y lo que puede terminar afectando el retorno de los inversionistas, no está dentro de los muros del proyecto. Está afuera. Los puentes que conectan con el Distrito Nacional ya no dan abasto a las seis de la tarde. Meterle miles de apartamentos nuevos y el flujo diario de un centro de convenciones masivo va a estrangular el tránsito a niveles nunca vistos, por no hablar de la presión sobre los sistemas de agua y luz de la Zona Oriental. Los desarrolladores prometen sus propias plantas de tratamiento y sistemas centralizados de clima para no colapsar los servicios públicos, lo cual está muy bien, pero la ciudad que rodea las torres va a tener que despertar a la fuerza.
Al final, Coralia es el experimento real que va a definir si Santo Domingo Este se consolida de una vez por todas como el segundo centro financiero de la capital, o si la falta de planificación urbana terminará pasándole la factura a todos los que compraron el plano.





