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Autopista Ambar

La Autopista del Ámbar: Del PowerPoint a los Hechos

Por fin parece que la famosa Autopista del Ámbar va a salir del Limbo de los proyectos eternos. Después de ocho meses de papeleo, licitaciones técnicas y comisiones de veeduría ciudadana mirando el proceso con lupa, el Gobierno acaba de adjudicar la obra. Es una buena noticia, claro que sí, pero cualquiera que tenga dos dedos de frente sabe que el verdadero dolor de cabeza empieza exactamente mañana por la mañana.

Esta carretera que pretende unir a Santiago con Puerto Plata no es un lujo estético para que los cibaeños vayan a la playa los fines de semana. Es un corredor económico vital. Reducir el tiempo de viaje entre el corazón productivo del Cibao y la costa atlántica significa meterle un choque de adrenalina al turismo de la zona norte, permitiendo mover turistas desde los aeropuertos hasta las habitaciones de hotel sin perder el día en el camino. Y para los empresarios y productores agrícolas, la ecuación es simple: menos horas en la carretera son menos costos de combustible y transporte. Unir el músculo exportador de Santiago con la Novia del Atlántico dejó de ser una buena idea hace veinte años; hoy es una urgencia.

Pero aquí es donde hay que poner los pies sobre la tierra y recordar en qué país vivimos. En la República Dominicana ya nos sabemos este libreto de memoria. La historia reciente está pavimentada de "primeros palazos" espectaculares, discursos épicos y fotos oficiales con cascos blancos que terminaron en nada. Proyectos gigantescos que se pudrieron en los tribunales por disputas legales, contratos modificados a oscuras a mitad de camino, sobrecostos que nadie sabe explicar y retrasos que duran décadas. Por eso, el entusiasmo con el que se ha recibido la noticia tiene que ser, por obligación, un optimismo desconfiado. El éxito de esta autopista no se va a medir por lo bonita que salga la foto del corte de cinta ni por los boletines de prensa del ministerio de turno, sino por los metros de asfalto real que se tiren y por el respeto al bolsillo público.

Para que esta vez la historia no termine en el mismo chiste de siempre, el Gobierno y el consorcio que ganó la licitación tienen que entender una cosa: la transparencia no es un trámite que se acaba el día que firmas la adjudicación. Al contrario, ahora que el grifo del dinero público se abre y empiezan a correr los millones, es cuando la sociedad civil tiene que vigilar con más malicia. No nos valen las buenas intenciones ni las promesas de honestidad. Lo que hacen falta son portales digitales con datos reales y actualizados, cronogramas de construcción que cualquiera pueda auditar mes a mes desde su teléfono y consecuencias legales severas para el que intente retrasar la obra para inflar los presupuestos.

Llegó la hora de la verdad. El país no está pidiendo un milagro de la ingeniería moderna ni discursos históricos para la televisión; pide, simplemente, gerencia eficiente y que no se roben los cuartos. La Autopista del Ámbar tiene ahora mismo la oportunidad de oro de demostrar si podemos hacer obra pública con dignidad y seriedad, o si va a ser otro monumento al desorden institucional. Ojalá que los que van a construir y los que van a supervisar tengan la decencia de estar a la altura del reto.


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