Vivir en la República Dominicana no es para cardíacos, y mucho menos para gente acostumbrada a que las cosas funcionen siguiendo un manual de instrucciones. Para un extranjero recién bajado del avión, la cotidianidad de nuestra isla no se siente como unas vacaciones eternas; se siente, más bien, como intentar descifrar un idioma que nadie ha escrito. Nosotros lo llamamos "resolver", pero para el que viene de fuera, roza el surrealismo.
Tomemos, por ejemplo, la odisea de moverse por nuestras calles. El visitante llega con su mentalidad de semáforos respetados y carriles definidos, solo para encontrarse de frente con la cruda realidad del concho. Esa infraestructura paralela donde un carro público diseñado para cinco personas acomoda mágicamente a ocho, desafiando cualquier ley de la física y de la dignidad personal. Si el carro no es suficiente, están los motoconchos, esos equilibristas del asfalto que transportan desde tanques de gas hasta familias enteras sin pestañear. El extranjero mira el tráfico con pánico, asombrado de que el claxon no sea una advertencia de peligro, sino un dialecto complejo que significa desde "quítate" hasta "buenos días". Nos ven sobrevivir a este aparente desastre motorizado cada santo día y no logran entender cómo es que no chocamos todos a la misma vez.
Luego está el colmado, esa institución nacional que rompe los esquemas del comercio moderno. Un suizo o un canadiense están acostumbrados a planificar su semana, a ir al supermercado y a pagar por aplicaciones digitales. Aquí descubren que si les falta una sola cabeza de ajo o una fría para pasar el calor, basta con levantar el teléfono. El delivery llegará en cinco minutos en una pasola destartalada, arriesgando la vida por dos pesos de propina. Pero el verdadero choque cultural ocurre el fin de semana. El mismo negocio que al mediodía te vendió la leche se transforma por la noche en la discoteca del barrio. Las aceras se llenan de sillas plásticas, las bocinas revientan a puro dembow o bachata, y la gente celebra como si el lunes no existiera. Al extranjero le cuesta procesar esa falta de fronteras entre lo público y lo privado, entre el negocio y la fiesta.
En el hogar, la sorpresa continúa con nuestra relación, casi mística, con los servicios básicos. Para cualquiera es normal abrir el grifo y que salga agua potable, o encender el interruptor y tener luz de forma garantizada. Aquí aprenden rápido lo que es un inversor de batería, el ruido infernal de una planta eléctrica y la eterna dependencia del botellón de agua purificada, porque la de la tubería no se le da a probar ni al peor enemigo. Y ni hablar de bañarse. La ausencia de agua caliente centralizada en la mayoría de las casas los deja fríos, literalmente, obligándolos a adaptarse a un rigor que contrasta con el eterno verano del Caribe.
Por último, está el manejo de las interacciones humanas y esa gran mentira piadosa que llamamos tiempo. Cuando un dominicano dice "ahorita", el extranjero comete el error de mirar su reloj. No sabe que esa palabra es un agujero negro temporal que puede significar en dos horas, al final de la tarde, o sencillamente nunca. Nos ven hablar a gritos, gesticulando como si estuviéramos a punto de irnos a las manos, y se asustan, sin comprender que solo estamos debatiendo apasionadamente sobre el juego de pelota de anoche. Nos encuentran demasiado cercanos, molestos por el beso en la mejilla al saludar o el abrazo espontáneo, porque en sus tierras la distancia interpersonal se mide en metros, no en centímetros.
Al final, el observador extranjero se debate entre la fascinación y el agotamiento. Le parece raro que en medio de tanta precariedad y desorden aparente, la vida fluya con tanta alegría y ligereza. Nos miran con escepticismo, buscando la lógica detrás de nuestra improvisación diaria, sin darse cuenta de que la única regla que impera en esta media isla es que, pase lo que pase, al final del día resolvemos.





